El suicidio de una niña de 13 años tras las mentiras dichas en My Space están poniendo en evidencia que las leyes que intentan regular el uso de Internet están quedando, una vez más, obsoletas.

 

Respecto de esta triste historia, a mediados de noviembre inició en Los Angeles, California, el juicio en contra de Lori Drew, una mujer de 49 años que creó una falsa identidad en la red social de My Space, y se hizo pasar como Josh, un adolescente, y con ella estableció contacto con Megan, una niña de 13 años.

 

Tras un período de flirteo normal entre adolescentes, “Josh” le dijo a Megan que el mundo sería mejor sin ella, tras lo cual la niña se suicidó.

 

Pero a Lori Drew no la están procesando por el suicidio de Megan porque pese al impacto que ocasionaron las palabras de “Josh”, Megan ya estaba en tratamiento por depresión. Se le está procesando por haber mentido y mediante ello molestar a la niña.

Las leyes que se alega violadas son las que operan en contra de los hackers, es decir, que ilegalmente obtienen acceso a diferentes bases de datos. Pero se trata de leyes de dudosa aplicación en este caso, por lo que los especialistas coinciden en que sin importar el fallo, habrá una apelación porque alguna de las partes tendrá los elementos suficientes para rebatir una sentencia en su contra.

 

Los términos de uso de My Space incluyen las prohibiciones de esparcir información falsa, obtener datos de menores de edad y de utilizar los datos para lastimarl, abusar o acosar a otra persona. Pero el incumplimiento de estos términos solo equivale a la cancelación del servicio y no se configura un delito porque no se trata de una ley.

 

 

Personalmente no entiendo los motivos que llevaron a esta mujer de 49 años a molestar a una niña de 13. Y es que si el “bulliying” es una conducta reprobable entre adolescentes, todavía es peor cuando un adulto se involucra. Se trata de una acción inmoral que solo puedo entender si se tratara de una persona afectada de sus facultades mentales.

 

Pero ¿cometió un homicidio o sus mentiras provocaron el suicidio de Megan aunque nunca la instigó a hacerlo?

 

Para responder lo anterior, quizá debemos complementarlo con el caso de Abraham Biggs, un joven de 19 años que en Florida se suicidó en vivo (desafortunada contradicción) por Internet.

 

Biggs dejó un mensaje en un foro sobre su suicidio y el día y hora acordada inició la transmisión. Algunos se hicieron presentes para convencerlo de que no lo hiciera y otros lo alentaron en su suicidio y tras ingerir algunos medicamentos se tendió en su cama. Y solo después de que transcurrieran varias horas sin que se levantara, los espectadores dieron aviso a las autoridades. Dramáticamente la transmisión termina cuando un policía entra a la habitación empuñando su arma y tapa la cámara.

 

Es un caso que consterna, que alarma, que preocupa y que nos lleva a considerar lo que está sucediendo con la humanidad cuando niños y niñas sufren de depresiones e intentan (y muchas veces logran) suicidarse porque se les negó el permiso para ir a una fiesta o por una decepción amorosa. Y nos damos de frente con la terrible soledad en la que vivimos cuando creemos que los más sinceros contactos se dan por Internet, aunque no podamos tocar o mirar al otro a los ojos.

 

Pero por terrible que suene ¿su suicidio es el delito de otro? ¿De quién es la responsabilidad penal? ¿Quién debe ir a la cárcel por el suicidio de Megan  o por el de Abraham? ¿Fueron alentados por otros  o solos tomaron la decisión? ¿Se deben prohibir las redes sociales o limitar su acceso a las personas con depresión, tendencias suicidas, tendencias delictivas, etc.?

 

Esta vez creo necesario decir que estas son llamadas de atención para que todos, mamás, papás, adolescentes, jóvenes, ancianos, pobres, ricos, listos y no tanto, asumamos la responsabilidad de nuestras propias acciones y de nuestra propia vida. Porque ni a Megan ni a Abraham, ningún juicio ni ninguna ley que intente regular estos casos, les va devolver la vida.