Televisor antiguo

 

Desde hace más de una década las pantallas de la televisión se han llenado de series y telenovelas relacionadas con el narcotráfico y el crimen organizado, protagonizadas por los delincuentes a los que se supone que como sociedad combatimos.

Así tenemos, series tan exitosas como La reina del sur, El señor de los cielos, El Cartel de Los Sapos, la serie de Netflix Narcos México, Rosario Tijeras, Perseguidos y un larguísimo, etcétera. La última en estrenarse es El Dragón: El regreso de un guerrero.

En ocasiones están inspiradas en la vida de algún delincuente “famoso”, otras son ficción. Hasta tenemos el caso de series escritas por un ex narcotraficante.

El éxito de estas series es incuestionable: las casas productoras, las televisoras y los anunciantes se han beneficiado económicamente de ese éxito que tienen en la audiencia, que por curiosidad o morbo quiere conocer el mundo de los delincuentes, llevando estos programas a ser las estrellas de los ratings.

Por supuesto que los personajes los presentan adornados. Como señaló hace dos años Christian Marín en su reportaje, El fenómeno de las narcoseries en la sociedad mexicana: “Han cambiado la idea del bandido-héroe por el traficante-héroe, ahora se les ve, no como hombres peligrosos, sino como hombres exitosos, de buen corazón y pasionales, que lo único que hacen es ganarse la vida y ayudar a quienes necesitan… ellos son víctimas más que victimarios, donde las instituciones son tildadas de corruptas y donde el narco cuida y protege a los débiles”.

Pero en todas ellas, por más que lo quieran disfrazar, los personajes principales son delincuentes miembros del crimen organizado, que cometen diversos delitos. Como aquellos que mataron a sangre fría a tres mujeres y seis niños, o a los que dispararon sin ninguna consideración en una fiesta infantil, a los que mataron y enterraron a 72 migrantes o los que sitiaron una ciudad para evitar que su líder fuera detenido. Ellos son los protagonistas.

Estas series son impulsadas por aquellos que lanzan campañas como “tienes valor o te vale”, o que editorializan en sus noticieros por los altos niveles de violencia o impunidad que vive el país. Por aquellos que se preocupan por presentar las “mejores” imágenes en sus páginas de nota roja, las más escalofriantes, a la vez que en sus páginas principales critican a los gobiernos locales y federales porque no hacen nada por parar la violencia.

Financiadas por aquellos que compran los espacios publicitarios, aprovechando el alto rating del que gozan estas series, mientras sus agrupaciones empresariales exigen a los gobiernos más y mejores acciones contra la inseguridad.

Consumidas por aquellos que exigen voz en cuello castigo a aquellos que arrebatan la vida a niños, que detengan los feminicidios, los robos, asaltos, la venta de drogas, el tráfico de armas, la violencia y la impunidad, mientras se sientan a ver su serie de narcos favorita o a escuchar el narco corrido de moda.

Somos una sociedad hipócrita, que por un lado lleva a proceso penal acusado de apología del delito a un cantante porque en un videoclip el personaje que interpreta asesina a su pareja y al supuesto amante de ésta, disparándoles con un arma de fuego y que fue señalado por fomentar el feminicidio; pero por el otro, consumimos las series y telenovelas de narcos y las ponemos en los primeros lugares de popularidad, cuando en el fondo se trata de lo mismo.

Apología del delito se refiere al elogio, alabanza y solidaridad pública de un hecho delictuoso declarado como criminal por parte de las autoridades, con lo que se instiga, de manera indirecta, a la comisión de una conducta delictiva.

El Código Penal Federal en el artículo 208, dice que "Al que provoque públicamente a cometer un delito, o haga la apología de éste o de algún vicio, se le aplicarán prisión de tres días a seis meses y multa de cinco a cincuenta pesos, si el delito no se ejecutase. En caso contrario, se aplicará al provocador la sanción que corresponda por su participación en el delito concluido".

¿En dónde está la diferencia?

Si queremos realmente acabar con la violencia deberíamos al menos de dejar de consumir aquellas series que ensalzan a delincuentes.

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